La danza de la pluma, danza tribal; el ritmo de los primeros, los salvajes, los desnudos vestidos de color. En el canto a la luna, en la loca danza al padre sol.
Aquel diálogo íntimo entre la pluma y el papel. La belleza del sentir, el placer de acariciar la piel de una doncella y de recorrer su cuerpo en el papel. En aquel encuentro se fundían como el amor se funde cuando se hace pleno, uno, en el encuentro entre dos y el Universo todo.
En la tinta, las pasiones, la historia y las revoluciones. Escrito el hombre y la mujer, el sabio anciano, el aprendiz, el niño mudo, el ser como un todo o fraccionado, doliente o amado, enfermo o germinando. El ser en aquel encuentro estaba unido simbióticamente con su tinta en el papel, sólo él y su alma, conectándose y comunicándose con otros o con él mismo. El destino de un país en sus manos, el de un pequeño pueblo o el de un amor. En la tinta estaba el sacerdote, el filósofo, el artesano, el hombre libre y el prisionero. Cada palabra era la esencia más íntima de ese ser; su tinta, su sello, dejar su legado en el papel o simplemente, despedirse con pluma en mano y en el llanto, escribir un triste adiós.
Me emociono al pensar en aquel estado de conexión. Vuelo al pasado, la pantalla de mi computador se detiene, así como se detiene el tiempo, si es que el tiempo existe o sólo es una ilusión…el tiempo. Quizás sólo un sueño de humanos en nuestro lenguaje de humanos; lenguaje ancestral, en el cuerpo de milenios, ahora en la palabra, en nuestras manos. En antaño, símbolos de historia, vivencias talladas en muros y piedras, en dibujos terrenos, prolongación en el tiempo del legado de los primeros.
Cierro los ojos y todo lo que he leído, todos esos sueños, los cuentos, los maestros y los dibujos, esas imágenes difusas en color y cargadas de sentimientos, toda mi historia plasmada en recuerdos, en poemas viejos, míos, me llevan a cualquier momento o lugar, el tiempo decide; sólo cierro mis ojos y vuelo.
El lugar es hermoso, praderas nevadas, un lago helado solitario y árboles centenarios, viejos sabios con sus capas blancas; mudos testigos de una historia que estremece. El sol esquivo, nubes de sombra y un cielo que congela; la nieve en la cima, como dos pechos blancos, como las nubes en sus formas poéticas de ensoñación, nubes que invitan a la tormenta, torbellino en el cielo, mezcla de hielo y fuego.
Es una casa pequeña, el calor de una pasión de antaño aún mantiene la vida. El recuerdo y el pasado de un hombre que perdió a su amada y cada noche le escribe cartas, cada noche la acaricia, le recita un poema, la desnuda y mira su blanco cuerpo inerte, desvanecido en la sombra del ayer. Le dibuja sueños, le construye castillos. Cada noche es una hoja más, en la tinta está el pasado. El presente se congeló entre las cumbres y en aquella casa con olor a leño está el presente, plasmado en tinta y hedor. Yace el cuerpo de su amada hace años, él hombre le quitó la vida y la prolongó en la tinta, su cuerpo sin carne yace en el lecho, el hombre con cabello enmarañado, con un rostro surcado por la pena y locura; él sólo escribe, no se detiene, alucina con su bella que yace en su lecho; belleza encarnada en el recuerdo, hoy sólo hueso. El hombre enloqueció, pero en la tinta está su locura y el arrepentimiento. Prolongando en la palabra su amor y su desconsuelo, ya no hay vida allá fuera, en la letra se plasma su historia y el sentido de la más triste locura. Me estremezco, cierro los ojos y le pido al tiempo volver. Vuelvo a mi presente, estoy en la vieja casona de calle República, es un lugar íntimo, mío, de ellos, de los que estamos comunicándonos reflejando nuestros rostros en dos, tres, veinte pantallas. Estamos los solos, los estudiantes, los enamorados y los soñadores, los viajeros de esta Era tecnológica. Vuelvo a mi pantalla y a la realidad, me comunico; la historia a su lugar y a un tiempo que no entiendo....sólo escribo.
Cuantos años han transcurrido, cuantos vendrán. La gente va y viene y todo avanza en el vértigo de lo que llaman Post Modernidad. Era Tecnológica, Era virtual, muchos nombres para una humanidad; en la tierra todos juntos, los vivos y los recordados, los lejanos, los que estamos juntos en este terruño, sembrando semillas verdes, sembrando un porvenir. Vivimos el mismo tiempo, un tiempo virtual; avance vertiginoso de ser más…más sabios, más capaces, más inteligentes, más bellos, más productivos, producir…producir. Y me pregunto por el sentido, por el sentido de la vida, por esa pregunta, por esta búsqueda. Buscaban en antaño el sentido de sus vidas a través de la danza, adorando al padre sol, a la bella música, cuerpos pintados; buscaban su sentido en la música, en los astros; todo era ciclo, desde el primitivismo, desde la cueva, desde la cima, ciclos lunares, ciclo de guerra, momentos de paz, de buenaventura, germinaba la vida en la cosecha y en la siembra, bajo el sol, ese bello y cálido sol.
Hoy, siglo veintiuno, tantos y tantos seres humanos somos, esparcidos como hojas en el mundo, semilla y cosecha, nacemos y volvemos a la tierra, fundiéndonos con ella. Me atrevo y aventuro en que en esta Era de tecnología y modernidad, el sentido de nuestras vidas busca muchas veces respuestas en esta “cosa poderosa”, como la llamaré, que podría homologar a una especie de oráculo; sí, creo que lo podría llamar un oráculo virtual.
Somos hijos de Santiago, de una tierra con olor a mar y a lechosa nieve, somos de Chile; nuestra es Latinoamérica, de junglas salvajes, cordilleras nevadas y desiertos secos hasta la misma nada. Soy hija de la cordillera, de sangre de continentes, igual que mis hermanos, vivimos entre montañosos hielos y el mar, somos del bosque y del árido Atacama. Soy de la tierra y tan pequeña en el Universo todo y aquí estoy, con mis pies cansados, trato de caminar, pero hay muchos seres a mi paso.
Es el pintoresco y bullicioso Paseo Ahumada, jauría, manada, no sé como llamarlo, grupos de miles, de solos, de amantes, de viejos, de niños, comerciantes y soñadores. Sí, en este sureño lugar, pequeño terruño de este Planeta que gira y no sé si estamos girando al mismo son, acá todos juntos, revueltos, mirándonos sin saber quién somos, en esta Era, la Era de la tecnología, de los códigos, de las claves, del avance y del poder. ¿Estamos juntos los hermanos?
Hermanos de genes, hermanos de un lenguaje común, raza e historia se funden en un mismo libro; acá estamos en la brutal soledad de estar rodeado de tanta gente, es el clásico Paseo Ahumada. Cien, quinientos, miles, caminantes con rostros grises mirando el suelo, como si en el suelo estuviera la palabra, la respuesta o el consuelo. Caminando como humanos, no sé, a veces ovejas, a veces lobos, a veces pequeños, a veces poderosos, habremos sido guerreros, artesanos, habremos sido poetas, o estamos en un mercado del trueque y del engaño; al banco, al encierro, a ver al doliente que sufre en una en dos, en tres camas, les duele el cuerpo y el alma; en esta Era, un viejo camina cansado, fila eterna…el viejo va a cobrar un sueldo para soñar o para que el estómago le duela, nos duela y cuenta los billetes, se toma un café mirando cuerpos bellos o no tanto, cuerpos que alucina porque no quiere volver a casa a ver un cuerpo deforme y escuchar palabras y palabras que no quiere escuchar. Unos van a estudiar, otros a robar, a vivir o a morir; la señora se desorienta, se va a leer unas cartas en el suelo con una niña que le dirá el destino, le construirá el castillo en el que quiere vivir y descansar, ser princesa por un día y luego…a planchar, los niños tienen hambre. En el metro, ahogados, cercanos unos a otros, no nos queremos mirar, no somos humanos, somos un humano evitando la mirada o mirando sin mirar.
Creo que me miro y soy cuando escribo, más allá del tiempo, más allá de todo aquello que en la palabra, en la imagen, en el dolor y en el juego hemos construido. Artesanos de nuestra vida, de la palabra, de una tinta que no conocí, ya no hay pluma. Mi mano danza con las teclas, al son de una melodía que no entenderían aquellos que le dieron vida a la prosa; aquellos que fueron música en el vuelo y en el más bello verso.
Pensar que todo lo que quiero está acá, en este momento, pero no tengo la pluma ni la tinta, mis manos solo danzan, mis dedos juegan, crean, se comunican, inventan, acariciando y presionando teclas, acá estamos los dos, esta cosa que tiene mil rostros, los colores y formas que yo le dé. Me siento hechicera, me siento poeta, me siento como se siente quien sueña en la fantasía y abre sus ojos a la racionalidad, razono y sueño, divago y vuelvo. Esta cosa me invita a viajar, tengo amigos sin rostro ni cuerpo, tengo amigos en el lenguaje, en la letra, amigos con sus manos que danzan con las letras, no hay pluma. He conocido maestros y charlatanes, seres solos sedientos de consuelo, de compañía y de amor. He conocido historias que estremecen y te adormecen en la incredulidad, el presente es el vértigo de un Era que esta en pugnas de poder, de guerras, pero también de anhelos de volver a la tierra y de beber de vertientes rodeadas de las maravillas que hoy casi están olvidadas.
Puedo crear mi destino y conocer cualquier historia o contar la mía; no ser un personaje de cemento y solo, uno de los tantos solos del Paseo Ahumada o de Nueva York, da lo mismo, la carne es la misma y el destino es para todos igual. En un instante viajo por el mundo, tantos lugares que puedo conocer sin pasaje en mano; conocer sus historias, su presente y su pasado, porque soy terrena y me siento parte de un todo, fusión en un segundo con el tiempo que se detiene, estoy y soy en este instante lo que quiera, lo que sueñe.
En esta cosa poderosa, vive el gran comunicador, lo llaman Internet. Para Internet no hay fronteras, no hay límites, no hay edades ni razas, no discrimina.
Y reflexiono frente a esta cosa poderosa… ha sido mi compañera, mudo testigo de penas y sueños, de soledad y por qué no…de esperanza. He buscado a mis amigos que en antaño partieron, sin tener noticias de ellos, han hecho sus maletas y emprendido un viaje al país del olvido. Ya no están en la carpeta personal, su dirección virtual ha terminado en punto final.
En segundos nos conectamos, los vasallos de este gran comunicador, esperando una respuesta, enviando un mensaje de alivio, de alegría o sólo buscando el consuelo para esos momentos tan solos.
Ya no es la luz de una vela, ni la pluma danzando, ni la tinta plasmando sueños y decisiones en un papel que quien sabe su destino. Hoy es el gran comunicador, quien decide parte de nuestros humanos destinos.
En este lugar, que he llamado mi ciber casa, me he encontrado con el pasado, con el aquí y el ahora, con el futuro que no es. Este lugar, uno de los tantos llamados “Ciber Café”; una vieja casona, varias pantallas encendidas, sus colores encandilan en la penumbra. Este lugar ha sido mi segunda casa desde que estoy sin trabajo, y en este lugar me refugio para soñar y para sentirme humana entre humanos. Mis mensajes, cargados de emoción, con la esperanza plasmada en la danza de mis manos; quizás han quedado en la carpeta de reciclaje, han sido eliminados o guardados en los pendientes. Es el tecleo incesante de quien busca trabajo en dos, tres, cien punto com. Busqué un minuto de descanso y volé en el tiempo, quise sentir la pluma y la tinta y escribirle un mensaje al pasado.